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    Gordofobia: ¿qué hay detrás del rechazo a las curvas?

    El rechazo hacia las mujeres y hombres con obesidad crece, pero también aumenta el número de personas con exceso de peso que se sienten orgullosas.

    Antonio Ortí - La historia se ha repetido muchas veces en los últimos años: una modelo de talla grande es portada de una revista y desata una tormenta de reproches a la publicación por idealizar la obesidad. Solamente unos pocos lectores, en cambio, elogian la confianza de la maniquí por ser feliz consigo misma. Los expertos tienen un nombre para la actitud dominante: gordofobia, un sesgo por el cual se discrimina y menosprecia, consciente o inconscientemente, a las personas percibidas como rollizas. "La gordofobia podría definirse como un sentimiento de repulsión hacia quienes sufren exceso de peso y se apartan de los patrones estéticos establecidos", subraya el doctor Néstor Benítez, dietista-nutricionista especializado en tratar trastornos alimentarios y profesor del Grado en Nutrición Humana y Dietética de la Universidad Isabel I (Burgos).

    Para conocer el estado de la cuestión basta con teclear en Google "chistes sobre gordos", hacer clic y esperar el resultado: 19,1 millones de entradas en castellano y 118 millones si se hace en inglés (jokes about fat). "Era un tipo tan gordo tan gordo, que su ángel de la guarda tenía que dormir en otra cama", dice uno de los chascarrillos. "Era una señora tan gorda que cuando se subió a la báscula salió un mensaje de error: 'Por favor, suban de una en una", propone otro. También las películas y series de éxito están llenas de tics gordofóbicos. Y lo mismo ocurre con el lenguaje popular. "Solo hay que fijarse en la expresión 'esta persona me cae gorda", ejemplifica María Soto, dietista-nutricionista y especializada en abordar trastornos alimentarios. Pero todavía resulta más grave lo que pasa en el ámbito laboral. Hace unos años, un sociólogo de la Universidad de la Sorbona (París) desveló al diario The New York Times los resultados de un estudio, según el cual, en Francia, un hombre gordo tiene tres veces menos de probabilidades de encontrar empleo que otro con su mismo currículo que esté en su peso.

    Los expertos que han analizado el fenómeno señalan que la sociedad en la que vivimos enseña que lo valioso y saludable es lo ágil, lo rápido, lo dinámico. Por lo tanto, todo lo que se asocia a lento, pesado y voluminoso es percibido como inferior. Y esto explica el acoso social que sufren las personas con exceso de peso, que dinamitan el ideal de delgadez que estimula la sociedad contemporánea. Sin embargo, es completamente cierto que desde 1980 las tasas de sobrepeso y obesidad han crecido más que en ningún otro momento de la historia, así que, a modo de aperitivo, vale la pena preguntarse: ¿por qué hemos engordado tanto?

    Las razones del aumento de talla son confusas
    Son muchos los expertos que buscan la respuesta. Hasta la fecha, la forma "nutricionalmente correcta" de contestar al interrogante consistía en indicar que la obesidad es una patología "multicomponente". Pero, siendo cierto, hay algunas cosas que parecen haber influido más que otras. Por ejemplo, no se sostiene que hayamos crecido tanto a lo ancho por engullir más cantidad de comida que nuestros padres y abuelos, en tanto que la cantidad de calorías que ingerían ellos entonces —según se encargan de recordar algunas investigaciones— eran superiores a las que tomamos nosotros ahora.

    En España, por ejemplo, según el estudio “La dieta española: una actualización”, elaborado por el profesor Gregorio Varela-Moreiras, catedrático de Nutrición y Bromatología de la Universidad CEU San Pablo (Madrid), la ingesta media de energía ha pasado de 3.008 kilocalorías por persona y día en el año 1964 a 2.609 calorías en 2012. También se ha escrito mucho sobre que la culpa es de que ahora hacemos menos ejercicio. No obstante, cada vez más voces señalan que la actividad física, siendo crucial para mantener una buena salud, es mucho menos importante que la dieta a la hora de regular el peso.

    La diferencia entre ‘gordofobia’ y ‘obesofobia’
    Hay muchas personas que, al menos en público, no parecen estar en absoluto preocupadas por haber engordado, sino que se muestran encantadas hasta el extremo de fotografiarse en las redes sociales devorando hamburguesas dobles con queso. En esta línea se alza el fuerte activismo por la diversidad de peso que recorre Estados Unidos, con Marilyn Wann a la cabeza. Esta escritora, que pesa 129 kilos, destaca que la mala imagen de los gordos en América es equiparable al racismo y a la homofobia. En su libro Fat! So? (¡Gorda! ¿Y qué?), reivindica sin tapujos: "Para mí 'gorda' es una palabra neutral. Decir 'sobrepeso' ya denota connotaciones negativas y prejuicios. Y la obesidad es un término clínico, para tratarnos como a enfermos. Yo quiero que se me llame gorda. Yo soy gorda".

    En España, el actor Brays Efe (Paquita Salas) lamentaba recientemente en su discurso en los Premios Feroz que los actores gordos solo reciben ofertas para interpretar a gordos por parte de directores y productores, como si no hubiera otra cosa que los definiera. En este contexto de burlas y discriminaciones, nace el fat pride (orgullo gordo), un movimiento para erradicar la idea de que las curvas están mal. Y en el extremo, un nuevo concepto de trastorno alimentario llamado megarexia, que lleva a algunos a encontrar agradable ser obeso.

    El debate no es nuevo, y recuerda a otros similares que pueblan Facebook y demás redes sociales donde algunos colectivos reivindican también el derecho a fumar tabaco, beber alcohol y consumir otras drogas no tan bien aceptadas socialmente, con el argumento de que lo que está en juego es su propia vida, aunque, en realidad, todo esto obligue a financiar con fondos públicos las enfermedades que originan sus hábitos. La pregunta es: ¿hay algún punto intermedio entre las chanzas y pullas que lanzan algunos a las personas con exceso de peso y el indisimulado orgullo con el que otros gestionan sus kilos de más?

    "Es estupendo que las personas que padecen obesidad se sientan muy bien consigo mismas. De hecho, debería ser así, pero también han de ser conscientes, sin que ello altere su felicidad, de que tienen un problema patológico que a corto, medio o largo plazo puede afectar su salud. Hay que diferenciar ambas cosas", matiza el experto Benítez. ¿Y qué indicios alertan de que la obesidad, más allá de la estética, puede estar pasando factura a la salud? "Puede ser algo tan sencillo como comenzar a tener dificultades para atarse los zapatos", añade. "La línea roja es no poder llevar una vida normal y notar, por ejemplo, que te cansas mucho más", aporta la dietista-nutricionista Soto. A partir de ese instante, "lo que era una opción respetable pasa a convertirse en un problema de salud", alerta.

    ¿Es mejor estar ajamonado que amojamado?
    Respuesta correcta: no. Aunque un antiguo refrán así lo dictamina, la literatura científica no confirma esta creencia. Sin embargo, un estudio publicado en 2013 en Journal of the American Medical Association contribuyó a sembrar muchas dudas, al afirmar que las personas que sufren sobrepeso tenían menor riesgo de morir que los sujetos con peso normal. Al poco de darse a conocer la referida investigación, la prensa más sensacionalista publicó erróneamente que tener una cantidad extra de grasa corporal era saludable. Por este motivo, en las fotos seleccionadas por algunos medios de comunicación para ilustrar la noticia se observaba a señores algo entrados en carnes muy sonrientes, o a mujeres pellizcándose los michelines de la misma guisa.

    He aquí la letra pequeña del estudio: en realidad, no es que tener sobrepeso reporte alguna ventaja a la población en general, sino, en todo caso, a las personas de edad avanzada. El principal motivo es que estas, conscientes de su situación, visitan antes y más al médico que el resto, "lo que les permite adelantar un tratamiento y tener mejor pronóstico", apunta la dietista-nutricionista María Soto.

    El peso ideal es una entelequia
    Soto aclara: "Es más importante la composición del peso que el peso en sí mismo", para significar que hay que dejar de dar tanta importancia a lo que marca la raya de la báscula cuando se desplaza hacia la derecha y pensar más en términos de salud. Lo que hay que idealizar es la calidad de vida, indica esta experta, y no unos patrones estéticos impuestos por la industria de la moda o por ciertos sectores interesados en sacar rendimiento económico al sobrepeso y la obesidad.

    Toca priorizar los alimentos frescos, huir de los ultraprocesados sin caer en el extremismo (recuerde que el queso, el pan, el aceite de oliva, el tofu, el gazpacho y las ensaladas de cuarta gama, es decir, en bolsa y listas para comer, son productos procesados) y ser conscientes de que vivimos en un ambiente obesogénico que, paradójicamente, glorifica la delgadez. Pero, también, controlar el lenguaje para evitar estigmatizar con insultos y bromas de mal gusto a las personas que tienen sobrepeso para exorcizar mediante palabras gruesas el miedo a engordar que nos atenaza a (casi) todos.

    FUENTE: BUENA VIDA